lunes, 2 de abril de 2012

LA QUE APARECE Y DESAPARECE










La conocí como cuando le llegan las mejores cosas a mi vida, simplemente por casualidad. Yo trabajaba en el centro de la ciudad, ella entro sin mirarme y yo tampoco la miré. Luego ella le hizo la conversación a un amigo, y fue cuando supe que existía. Nos disparamos saludos, miradas de bienvenida, no nos dijimos más que un hola y un adiós por unos meses. Cuando dejé de trabajar en ese lugar conseguí su correo y conversamos un par de veces en el internet. Cuatro meses después, un domingo por la tarde me llama al celular, diciéndome que si podía ir con ella a caminar fuera de Lima. Y yo acepté enseguida.

Nos encontramos cerca de un hospital. Ella tenía unas gafas de sol y una sonrisa que me encadeno a ella para toda la vida. Nos fuimos a Chosica, caminamos por lugares no conocidos, escalamos montañas, trepamos arboles, cruzamos ríos. Vimos terminar la tarde en un bus amarillo, sentado uno cerca del otro. Ella se paro para bajarse, le pregunté si la volvería a ver. Ella me dijo: “algún día que no es mañana… ni pasado mañana”. Y desapareció entre la multitud de aquel domingo que llenaba las plazas y las avenidas de ese verano que todavía recuerdo.

Pasaron muchos meses, yo sin saber de ella y ella sin querer saber de mi. Nunca pregunté por qué no aparecía, nunca llamé porque no sabía que decirle. Una tarde (domingo como siempre), me llamo al celular para invitarme a bailar. Yo no sé bailar pero acepté de inmediato, las ganas de verla le ganaban a mi razón. Al final no fuimos a bailar, nos metimos a un cine y disfrutamos una buena película. Luego caminamos por la Plaza Mayor, conversamos por el Jirón de la Unión y luego se subió a un bus y la vi desaparecer entre esa fila de luces de colores que llenaban la autopista. Sabía que no hacía falta preguntar cuando la volvería a ver, entendí que ninguno de los dos lo sabíamos.

Dos meses después la llamé y le dije para vernos, fue un domingo por la noche en que la esperé en el Ovalo. Ella llegó tan bella, con la vida latiendo a mil por hora y el corazón temblando de soledad. No dude un instante en besarla y abrazarla. Terminamos viendo las estrellas desde una ventana pequeña, saciando la sed de nuestros cuerpos en un manantial de tibios deseos. Yo no quería estar solo y ella buscaba olvidar. La noche terminaba y nos despedimos, yo quería que se quedara, ella buscaba su soledad.

Debo confesar que desde la primera vez que la bese he deseado que se quedara, que ya no desaparezca más, pero siempre fue inútil. El tiempo dejo de ser tirano con nosotros, hemos visto morir noches enteras, hemos vuelto a nacer con el sol. Pero siempre empezamos con un hola y terminamos con un adiós. Una tarde, luego de un almuerzo (también domingo), ella aceptó ser mi chica, me dio un beso y me dijo que me quería. Pensé que esta vez sí dejaría de desaparecer, que esta vez se quedaría en esta estación donde la estuve esperando tantas veces. Pero no se quedo. Un mes después me dijo que estaba acostumbrada a su soledad, que es donde mejor se siente. Me dio un beso, un abrazo, la mitad de su noche… y desapareció.

Pasamos un tiempo sin vernos, después de varios mensajes, algunas llamadas, una noche la invité al cine, le regalé una rosa y mientras cenábamos me dijo que quería regresar conmigo. Yo acepté porque no había nada mejor en mi mundo que ella, le dije que mi vida siempre estaba esperándola. Le regalé un poema, una canción, rosas sobre sabanas blancas, le regalé mi corazón. Le dije: “Es tuyo, puedes hacer con eso lo que gustes, solo procura no perderlo porque yo me pierdo con él”. Pasamos almuerzos juntos, conciertos de trova, fiestas de sábado y noches locas de baile y alcohol. Imaginé eternidades con ella en una sola vida. En San Valentín me regalo una bella camisa con una nota que decía: “por tu felicidad que también será mi felicidad, por nuestras primeras veces en que vamos aprendiendo a ser uno solo”. Yo la mire a los ojos, quería creer que por fin se quedaría, que ya no huiría más de ese demonio que llaman amor, pero sus ojos me decían que eso no sucedería. Que su vida al igual que la mía estaba destinada a caer en otro abismo. Pero a pesar de eso la abrace muy fuerte, la vi llorar y le dije: “No quiero asustarte, pero me doy cuenta que estoy jodidamente enamorado”.

Un domingo antes de fin de año, me dijo que no. Su soledad era más poderosa que yo, ese monstro que se alimenta de sus peores miedos, la inseguridad de que la vida no es lo que dibujan los poetas. Tuvo miedo de seguir y me dejo una nota que me decía que lo sentía, que no hay manera de volver a los mismos lugares. Y una vez más desapareció entre el vacio y la oscuridad de aquellos días en que ya nada tenía sentido. Mirándonos en el espejo noté que somos tan distintos, ella quería hacer algo con su vida, siempre miraba hacia el futuro, yo siempre viví el presente como si el mundo terminara mañana, soy autodestructivo, a veces soñador, con miedo a envejecer. No bastaba con cuidarla y ocultar mis propios temores, había que volar cuando ella me lo pedía, aunque hubiera nacido sin alas tenía que volar. Pero los de mi especie solo aprendieron a estrellarse, o morir en intentos.

He cambiado mi rutina por ella, he querido ser la persona que ella estaba buscando, tener distintos nombres, distintos futuros. Pero queda la esencia, y eso no la puedo cambiar. Tal vez ella tenga razón, no soy el adecuado, no la merezco, aunque mi amor pegue gritos en su ventana, aunque le diga que muero por ella y desearía ver sus manos arrugarse entre las mías, aunque le regale rosas rojas y poemas escritos en mis madrugadas más sublimes. Entendí que no hay cosa que pueda hacer para retenerla conmigo...Ella siempre será la que aparece y desaparece.

El amor tiene matices, ángulos inversos, tiene esas cosas que no siempre se entiende, el amor se asoma por tu ventana, se mete a tu cama y se marcha antes que despiertes. Yo nunca aprendí a ser un tipo normal, me tienta la muerte cada fin de semana y amar no siempre está en mis planes. Ella escribió una historia en mi piel, la dejo caminar hasta descubrir el desenlace, la vi despedirse tantas veces que nunca supe cual sería la última. Hoy escribo mientras el atardecer culmina mi fin de semana, me dice que pronto oscurecerá, que vendrán nuevas mañanas, que no importa que tanto llueva, el sol secará cada gota derramada. Mientras tanto mi alma recuerda, mi cuerpo extraña, y mi corazón… mi corazón espera nuevos días por vivir.

1 comentario:

Rene Meza dijo...

Le puse ese titulo justamente por ti. recordé nuestras charlas y lo quise hacer así. Yo también leo tu blog y me da gusto que sigas escribiendo. Cuídate mucho payasito. Que te vaya bien, estés donde estés.