Tengo una soledad salvaje, cruel, indomable. Pega gritos por
toda la casa, retumba los muros y sacude los vidrios. Luego se refugia en un
rincón y se queda dormida.
Tengo una soledad distante… que todavía no me habla.
Las palabras llegan por si solas, yo no las busco ni las invento, las palabras ya están hechas y flotan en el aire. Es el aire quien las trae, se posan en mi frente, juegan con mi cabello y me cuentan sus mas tristes melodías. Las palabras ya están dichas, alguien mas las hizo para que yo las tomara. Tu me enseñaste el momento exacto para volverme pescador, navegante y naufrago a la vez, a tomar las frases, pero cuando las tomo ya no puedo soltarlas ni plasmarlas en un papel... solo se quedan contigo.
Despierto, respiro, me muevo en círculos, dejo caer los libros de Gibran, los discos de Sabina, las pastillas contra el insomnio. Me miro en el espejo y digo: "Ese de ahí no soy yo". Me enfrio en la ducha, cierro los ojos mientras el jabón resbala por mi cuerpo. Pienso en lo vivido, en las veces que he muerto al terminar un escrito. Pienso en el futuro, en los días que dibujan tragedias, en las flores que irán llegando en mi funeral. Veo mas pastillas sobre la mesa, no quiero tener los ojos abiertos... quiero olvidar que soy aquel del espejo.
Me gusta esperarte en aquella estación del metro, donde alguna vez me besaste sin importar la multitud de gente, me gusta que caiga la tarde y sean mis pasos que le sigan al reloj, ya el tiempo no nos pertenece. Me gusta esperarte en ese lugar mientras veo mi reflejo en aquel vidrio enorme del supermercado. Puedo ver mis ganas de tenerte, mis ganas de hablarte, tocarte y saber que eres mía, que nadie mas podrá tenerte a partir de esta noche.
Ella hacia su vida desde muy lejos, pagaba sus cuentas, sonreía los fines de semana y jugaba a ser princesa cuando la noche lo pedía. Ella sabia que no siempre se gana, que los días tristes llegan cuando menos lo esperas. Ella no quería lagrimas en sus ojos ni dolor en sus rodillas, así que se disfrazo de cruel para no perder.
Todavía escucho tu voz detrás de las paredes, como si hubieses sido encerrada en los limites de cada habitación. Todavía sonrió cuando veo amaneceres, tardes en el mar y noches bajo la lluvia. Todavía guardo tres monedas en el bolsillo, por si me pierdo y me dan ganas de llamarte para recuperar el aliento. Todavía guardo tus besos en una caja de madera, vigilada por duendes y hechiceros.
Yo creí saber de ciencia, sobre las leyes de la física y la naturaleza, pensé saber de historia y religiones, de ritos paganos y danzas celestiales. Pensé saber los diez mandamientos, el manual de Carreño, las ultimas lineas del Necronomicon. Yo imaginé saber aritmética, medicina casera, recetas de la abuela y pociones oscuras para espantar a los demonios o atraer a los santos. Yo que pensé que bastaría con saber de Neruda, Sai Baba, Debak Chopra y Paulo Cohello. Nada de eso fue suficiente para sobrevivir a ti.
He perdido la memoria, mi nombre y el tuyo, los enterré en un cofre del que ya no recuerdo donde. He perdido el orgullo, el ego y las ganas de caminar en circulo. He perdido las fotografías, las monedas que me servían para llamarte, he perdido las plumas para seguir escribiendo acerca de lo que fuimos.
Mientras te olvidaba, una melodía me perseguía todo el camino. Esa melodía tenia tu nombre codificado en clave morse, con mensajes subliminales que me decían que no habrá nadie después de tu historia. Que seras tu quien cierre mis últimos días.