miércoles, 9 de junio de 2010

YO, EL PUTAÑERO

Siempre lo he dicho: me gustan las putas, y siempre me van a gustar. No necesariamente en el sentido literal, esto de las putas es muy relativo, pero lo único concreto es que me gustan mucho. Nunca se quejan por tu apariencia, ni por tu forma de hablar, no desean conocer a tu familia ni tampoco pretenden presentarte a la suya. Las putas saben su precio y no se van con sorpresas, aunque yo pienso que valen mucho más, y creo que por eso les caigo tan bien.

Las putas te saben esperar, saben cuando detenerse y cuando acelerar, no son celosas ni te piden que regreses antes de las diez, no apoyan su cabeza en tu hombro después del sexo, ni cuando uno desea ver el fútbol. No pregunta a donde vamos, ni de donde venimos a menos que uno se lo quiera contar, sabe lo que va a obtener y también lo que no obtendrá.

A cada lugar que llego, lo primero que pregunto es donde están las putas, en la calle Cailloma o en San Antonio de Abad, en la Plaza de los Héroes o la Zona Rosa. Porque las putas aparte de tener un cuerpo en alquiler, tienen historias que contar, historias que comparten con gusto si te tomas un trago con ellas. Al fin de cuentas, una historia son las palabras prostituidas por el escritor de turno, con el único propósito, y también placer de llenar las hojas de sus cuadernos.

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